
Hay bandas que entienden la música como un destino y otras que la conciben como un camino. Diles que no me maten pertenece claramente a las segundas. El grupo mexicano llegará por primera vez a España este verano para ofrecer dos conciertos que prometen trasladar al directo esa permanente sensación de búsqueda que define su obra. La cita será el 1 de agosto en Laut (Barcelona) y el 2 de agosto en Wurlitzer Ballroom (Madrid). Las entradas se pueden adquirir en este enlace.
Nacidos en Ciudad de México en 2017 alrededor de los hermanos Raúl y Gerardo Ponce, Diles que no me maten han ido construyendo una personalidad propia a partir de la improvisación, el riesgo y la intuición. En sus canciones conviven la repetición hipnótica heredada del krautrock, la libertad expresiva del free jazz, destellos psicodélicos y una forma muy particular de entender el art rock, siempre en equilibrio entre la estructura y el accidente.
Ese espíritu alcanza una nueva dimensión en Escrito en agua, un disco que, sin renunciar a la experimentación que ha marcado su trayectoria, muestra a la banda en uno de sus momentos más sólidos y accesibles. Un trabajo en el que las texturas ganan protagonismo, las canciones respiran con naturalidad y la exploración sonora deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta narrativa.
Tras publicaciones como Cayó de su Gloria el Diablo, Edificio, La Vida de Alguien Más y Obrigaggi, el quinteto formado por Raúl y Gerardo Ponce, Andrés Lupone, Jerónimo Elizondo-García y Jonás Derbez ha conseguido desarrollar un lenguaje reconocible dentro de una escena cada vez más fértil y diversa. Su música avanza sin prisa, pero también sin concesiones, encontrando belleza en la repetición, el detalle y la transformación constante.
Las dos fechas españolas formarán parte de una gira que también pasará por Reino Unido, Francia, Suiza, Luxemburgo y Países Bajos antes de regresar a Latinoamérica. Una ocasión inmejorable para descubrir en directo a una banda que ha convertido la exploración en su principal seña de identidad y que encuentra sobre el escenario el espacio ideal para expandir unas canciones que nunca parecen sonar exactamente igual dos veces.
