BALONCESTO convierte una pequeña figura de cerámica en el protagonista de Un Mundo para Glub

¿Qué puede soportar una pequeña figura de cerámica cuando sobre ella cae todo lo que ocurre a su alrededor? Esa es una de las preguntas que atraviesan Un Mundo para Glub, el segundo álbum de BALONCESTO, que llega dos años después de Primavera tardía (2024) y encuentra en un pequeño personaje de cerámica su particular hilo conductor.

Glub, la figura que protagoniza la portada, se convierte en el recipiente de las experiencias, contradicciones y emociones que recorren las once canciones del disco. La elección de la cerámica no es casual: un material frágil pero resistente, único e imperfecto, que sirve a la banda madrileña para hablar de vulnerabilidad, humanidad y de la velocidad con la que se mueve el mundo actual.

El álbum ha ido tomando forma durante 2026 a través de cuatro adelantos —“La gira tardía”, “EVA-03”, “Iridiscente”y “desespero”— que ya apuntaban hacia una etapa más ambiciosa en lo musical y lo conceptual. La producción de Jorge Antequera termina de dar cohesión a un trabajo que amplía las dimensiones de la propuesta de BALONCESTO y apuesta por una narrativa con cierto carácter cinematográfico.

Un Mundo para Glub está construido además como un disco de dos caras. La primera mira hacia un lugar más luminoso, naturalista y esperanzador; la segunda se adentra en terrenos más oscuros, pesimistas y marcados por la preocupación ecológica. Una especie de jarrón que empieza medio lleno y termina medio vacío, siguiendo el viaje emocional de su protagonista.

Entre las canciones inéditas aparece “LENTO”, una pieza de carácter onírico que propone bajar el ritmo y detenerse frente a la velocidad cotidiana. “Una casa” parte de un riff aparentemente amable para hablar de la ausencia de un lugar al que llamar hogar y de las tensiones que pueden aparecer dentro de una relación.

En “Isla Basura”, el grupo lleva su relato hacia un futuro distópico en el que hasta el fin del mundo puede convertirse en motivo de celebración. “El Aviador”, por su parte, rompe parcialmente con la narrativa central para adoptar una dimensión más épica y casi fantástica.

Uno de los momentos más sombríos llega con “y que suba el mar”, tema que también cuenta con videoclip dirigido por Lucía Toral. La canción se sumerge en la pérdida de confianza en la humanidad y en el agotamiento que provoca luchar contra una realidad que parece dirigirse inevitablemente hacia el desastre. Su carácter hipnótico y oscuro convierte el tema en una especie de corriente que arrastra lentamente hasta dejar al oyente mar adentro.

El viaje termina con “gurú”, un cierre que abandona cualquier solemnidad y funciona casi como un mantra. Después de once canciones cargadas de contradicciones, tensiones y cambios de ánimo, BALONCESTO decide quitarle hierro al asunto y dejar que Glub termine su recorrido sin necesidad de ofrecer respuestas definitivas.

Con Un Mundo para Glub, BALONCESTO construye un álbum que utiliza una historia aparentemente pequeña para hablar de cuestiones bastante más grandes. Fragilidad, relaciones, crisis ambiental, esperanza, desencanto y esa necesidad de seguir adelante incluso cuando el mundo parece empeñado en romperse. Glub solo es una figura de cerámica, pero sobre sus hombros cabe todo un mundo.

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